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PRENSA

"Memoria/emoción, historia/razón" de Pablo Aravena en diario La Segunda

Hoy en el diario "La Segunda" la columna de opinión del Profesor Pablo Aravena 


Memoria/emoción, historia/razón

La Segunda, 21 agosto 2018 

Linkhttp://impresa.lasegunda.com/2018/08/21/A/2D3EOM2R

 


Ya sabemos de qué incidente surgió el debate y no vale la pena volver a él. Lo que queda por hacer ahora es tratar de pensar para salir de lo que se nos impone como evidente: la memoria es emotiva y la historia, razonada; ergo, la memoria es de la izquierda y la historia de la derecha. Cada uno con lo suyo y debemos aprender a convivir, más bien tolerarnos, algo anterior a respetarnos.

Primero, sorprende la facilidad con que se aceptan aún los estereotipos: la gente de izquierda sueña (va de la utopía a la nostalgia), pero el mundo de verdad lo maneja la derecha, fría y calculadora. Como si fuera cierto, como si fuera tan claro que hay una sola izquierda y una sola derecha. La verdad es que lo único rotundo y definitivo en nuestra época es precisamente el estereotipo (vehículo privilegiado de la ideología); la realidad suele ser siempre menos definida y más porosa. Pero vamos por ahora al tema principal: la oposición memoria/historia con la que parece estar resolviéndose el cuestionamiento al Museo de la Memoria.

Que la historia (historiografía) es un campo dominado por la racionalidad crítica es algo bastante, no cuestionable, sino que evidentemente insostenible como principio, y el asunto no se salva esgrimiendo “pero sí la buena historiografía”. En Chile, en los ochenta y noventa, cuando la historiografía era asunto de historiadores “serios”, fue la memoria social precisamente la que hubo de ejercer la crítica. Pero claro, si a ésta se la reduce a llanto y nostalgia, ignorando que es (o fue) también un saber social, no hay modo de concederle algo. No obstante, esta reducción de la memoria no es tan mañosa como parece; buena parte la hace su evidente desaparición, ligada al agotamiento de un tipo específico de relaciones sociales.

Que la historiografía deba expulsar la emoción de su campo es también bastante cuestionable. Recordaría aquí simplemente la respuesta de Hannah Arendt (no precisamente una izquierdista) al historiador Eric Voegelin, cuando, a propósito de “Los orígenes del totalitarismo”, éste le pedía escribir «sine ira et studio»: “Escribir sin la cólera sería eliminar del fenómeno una parte de su naturaleza, una de sus cualidades inherentes. Frente al totalitarismo, la indignación o la emoción no oscurece nada, antes bien es una parte integrante del objeto”.